Alguien dijo alguna vez esta frase, que parece maliciosa pero es inteligente.

El artista hace arte, por supuesto, pero también lo nombra y lo define. Es el mejor posicionado para hablar de sus hechos porque es el único que domina su lenguaje.

Cuando todo el mundo occidental vivía inmerso en el mundo clásico, el mundo del sistema, del “todo relacionado con todo”, el arte se definía y te teorizaba en términos objetivos. De hecho, lo relevante era “la obra de arte”.

La modernidad dinamitó esta situación, al sustituir el sistema por el método. Desde entonces, el principio de autonomía disciplinar implica que cada ámbito de conocimiento, o de creatividad humana, va por libre. Se refiere solo a sí mismo.

Es autárquico, autosuficiente, autorreferencial.

Así, hemos llegado a la Música para músicos, la Arquitectura para arquitectos, la Literatura para literatos, el Arte para artistas….

Cervantes o Shakespeare eran legibles –y disfrutables- por eruditos y gañanes.

La música atonal, dodecafónica, serial o aleatoria es tan inaprensible para el común de los mortales como la mayor parte del arte de vanguardia.

Las alegorías de Valdés Leal en el Hospital de la Caridad de Sevilla resonaban en un pueblo analfabeto y eran descifrables por monjas iletradas.

Los Ulises o Finnegans Wake de Joyce resultan ejercicios crípticos, herméticos, hasta para un catedrático universitario.

Añadamos a ésto el desarrollo del concepto de Vanguardia, típico también de la Modernidad, y el panorama se complica.

En efecto, bajo el síndrome del progreso indefinido, alguien debe explorar los nuevos caminos, que jamás se agotan. Pues una vez conquistada la novedad, una vez explorada y descubierta, desaparece el interés, que se desplaza hacia nuevos horizontes.

Ése es el artista de vanguardia.

Claro que el precio que se paga es la incomunicación.

Las vanguardias creadoras han hecho honor a su nombre.

En su afán de explorar nuevos mundos se han alejado tanto de la sociedad que sus manifiestos ya no encuentran eco en ella

La comunicación parece imposible.

Hoy el creador, centrado en una solipsista autonomía disciplinar, aristocráticamente alejado de la sociedad, ensimismado, casi autista, no solo crea objetos artísticos; define al tiempo sus códigos de interpretación.

De modo que si se desconocen estos códigos, la interpretación es imposible.

En esta cultura autorreferencial, que ha llevado al límite la autonomía disciplinar, la pregunta “¿pero qué significa esto?”, “¿pero qué quiere decir esto?” carece de sentido.

Hoy un cuadro no significa nada. No es signo de nada, no hace referencia a nada extrínseco a sí mismo. Es solo pintura.

La frase tan repetida de “ésto no me dice nada” es o una tautología o una observación ingenua.

Por supuesto, no puede decir nada porque es mudo.

O mejor, porque no habla otras lenguas que la suya propia.

Lo cual no quiere decir que no sea arte.

Sino que ha llegado a ser solo arte.

Cuando mis alumnos me requieren una herramienta para comprender el arte contemporáneo, una norma de uso para enfrentarse a él, les ofrezco el diván del sicólogo.

Dado que el objeto artístico no se atiene a cánones establecidos, no sigue reglas previas, no representa nada –fuera de los específicos intereses personales del autor- indaguemos en esos intereses. Estudiemos los procesos compositivos.

Interesémonos por la comprensión no del objeto, sino de los mecanismos de composición del objeto.

En definitiva, sentemos en el diván al artista. Interesémonos por el autor y sus circunstancias antes de profundizar en su obra.

Dejémosle que hable. Conozcamos sus intereses. Profundicemos en sus obsesiones. Y después indaguemos en su obra y en cuanto aquellas obsesiones cristalizaron en arte.

Descubriremos una cosa hermosa:

Artista es el mago capaz de convertir la obsesión en belleza.

(Como científico es el que las convierte en certezas)

A todo ésto, yo tenía que hablar de FOD.

Y me he ido por las ramas. Excursión, por cierto, típicamente universitaria….

Sigo, fascinado, la obra de FOD desde aquél “Espacio disponible” en La Conservera de Murcia. Sus obras, enormes, pasaron allí de la segunda a la tercera dimensión.

Ciertamente, sus tintas anteriores sugerían profundidades y perspectivas, construcciones virtuales encerradas en los lienzos. Pero en esa muestra se liberan del plano y definen espacios, en términos casi arquitectónicos, con estructuras y muros de variadísimos materiales y texturas, colores o transparencias.

En Cartagena realizó una auténtica arquitectura, un studiolo callejero que permitía al paseante sumergirse en la paz contemplativa de un príncipe renacentista, sentirse por un cuarto de hora Federico de Montefeltro.

Desde entonces el FOD que trabaja en dos o en tres dimensiones (llamarle pintor o escultor es tan inadecuado como reductivo) ha ido enriqueciendo sus investigaciones y ampliando sus horizontes entretejiendo ambas experiencias. Las exposiciones en Las Verónicas de Murcia y la Tabacalera madrileña construyen arquitecturas precarias, apuntaladas en frágiles equilibrios, confrontadas a lienzos enormes con delicadas tintas difuminadas junto a sus distintivos colores planos.

Pero el Fod heroico convive pacíficamente con el capaz de hacer piezas minúsculas de infinita belleza. La escala, gigante o reducida, es siempre acicate, nunca rémora.

Hoy nos ofrece obras exquisitas de concepción compleja. Hierros, maderas y mármoles reciclados encuentran su sitio en un puzle barroco de bailes y superposiciones, como puertas que se abren o deslizan para descubrir obras de arte celadas como joyas.

Ojalá esas piezas desvelen a los jóvenes universitarios la belleza del arte que experimenta y les animen a recorrer ilusionadamente el camino de interpretación que conduce a su disfrute.

¿Pinturas? ¿Esculturas? ¿Objetos?……Arte!

Arte es lo que el artista llama Arte.

Ignacio Vicens y Hualde
Dr. Arquitecto
Catedrático de Proyectos de la Escuela de Arquitectura.
Universidad Politécnica de Madrid